Toda una vida dedicada al arte

CUCA ALONSO

La Nueva España

Agosto, 1986

Creo que conozco suficiente obra de Vázquez Canónico como para atreverme a exponer un análisis personal, una opinión que por nada del mundo pretendería adquirir connotaciones dogmáticas, porque cada mirada, ya se sabe, supone una subjetividad discrepante, quizás técnicamente superior, más rica en sugerencias, más próxima a la intención exacta que en un momento dado brotó en la conciencia del artista.

A mí, la escultura de Vázquez Canónico logra detenerme, me aisla de lo conciso. Derrumbadas las estructuras, los limites, la temporalidad, desde un más allá soñado parece que me dicen: «Observa, mujer, cómo son capaces de coexistir la audacia sin violencias y la suavidad sin tactos; la armonía en absoluto silencio, con la locomoción estática, indesplazable…».

En efecto, todo lo que ha nacido de las manos de Vázquez Canónico es volátil, dinámico. Cada línea está trazada de ternura, cada curva surge del riesgo y va a desvanecerse en los confines de esos paraísos que hemos creído definitivamente perdidos, y que como un milagro avanzan hacia ti, empujados por el aire de la belleza sin mácula que los envuelve.

El encuentro se realiza, y alcanzas por fin -el alma quieta- la lectura concreta de lo abstracto. Sigues el camino de los tirabuzones que emanan de una ola de la orilla, y que después de definir un seno, una pasión, o una testuz, se pierden en el infinito del ombligo femenino, sedientos de calor e intimidad. ¿Por qué no iban a hacerlo? Ya no hay fronteras.

Vázquez Canónico ha roto con los ángulos, con las aristas, con la rectitud inapelable. Ha la entendido que la libertad debe ser ondulante, versátil, sinuosa y descaminada. Por eso, como él mismo ha llegado a reconocer, su inspiración es una veta inagotable. Seguro. Ha dado en el clavo del genio, y se hará universal para el resto, ya que para muchos de nosotros hace tiempo que lo es.

En bronce o piedra, en opalina, mármol o metacrilato, el movimiento o el reposo de sus figuras han encontrado otro idioma. Es la lengua de las virtudes teologales, del empíreo, del placer. ¿Podría ser más bello?